martes, 31 de agosto de 2010

Cuando la Ley no es suficiente

Por: Dayhana E. Hernández Veras

Especialista en Asuntos de Género

La violencia de género es un fenómeno complejo vinculado a la construcción ideológica de las relaciones entre mujeres y hombres dentro de las sociedades. Nace de la desigualdad y las relaciones de poder de los hombres sobre las mujeres y se ejerce por quienes sean o hayan sido sus cónyuges o estén o hayan estado vinculados a ellas por relaciones afectivas, aún sin convivencia.

En este sentido, es necesario tener presente que la dificultad para erradicar la violencia hacia las mujeres necesita un cambio de mentalidad general y de actitudes sobre las diferencias de los géneros, abordando desde un contexto multidisciplinar: jurídico, médico, educativo, la desigualdad social entre los sexos que permite que algunas estructuras patriarcales sigan teniendo continuidad en el tiempo y legitimen ciertas prácticas perversas, base social necesaria para que la violencia tenga lugar.

Históricamente en el ámbito domestico familiar la violencia contra las mujeres ha sido percibida como un elemento más de la autoridad ejercida por el padre de familia, lo cual ha sido interiorizado y asumido por la sociedad y a su vez por la mayoría de los usuarios de las normas y operadores del derecho, por lo que muchas veces las leyes no son suficiente para transformar o modificar la realidad, sino que es necesario tomar en cuenta el origen de las malas prácticas individuales y de estructuras sociales que generan prácticas injustas y opresivas para las mujeres.

En este contexto, cabe reconocer que las normas no pueden resolver ni establecer nuevos valores sociales, condición indispensable para garantizar la protección jurídica de las mujeres en sociedad, sino que es necesario centrar la atención en aquellas instituciones sociales que producen un mensaje normativo opuesto a los valores y modelos que el derecho defiende. La ley no aumenta por sí sola la autonomía de las mujeres y los recursos que ofrece son escasos e insuficientes, que no pueden resolver el problema previo de la desigualdad en nuestra sociedad, una desigualdad que implica condiciones de inferioridad para las mujeres.

Esta situación se hace notoria cuando las mujeres se encuentran frente a la posibilidad de denunciar los hombres que ejercen violencia contra ellas. Sin la necesaria fortaleza psicológica donde las mujeres se planteen un horizonte que apunta a que el hombre que hoy duerme en su cama mañana puede hacerlo en prisión, crece el miedo, la inseguridad de su situación socioeconómica o la perspectiva de tener que separarse de sus compañeros, por los que, pese a todo, aún sienten algo.

Hay que considerar el hecho de que no nos cuesta mantener una acusación contra una persona desconocida que atenta contra nosotras, donde demandamos justicia, que lleven a ésta persona a la cárcel de ser necesario, pero no ocurre igual cuando la persona a la que se denuncia es tú compañero, el padre de tus hijos/as, el hombre que convive contigo al que incluso quieres a pesar de todo, con el que has compartido tu pasado.

En consecuencia, la violencia está fuertemente arraigada en nuestra sociedad y la tolerancia social la perpetúa; Por esto, es necesario no solo legislar en procura de eliminar esta práctica que acaba con las vidas de las mujeres, sino también tomar conciencia sobre un problema que no siempre se quiere mirar de frente.

La resolución de los conflictos sociales en este caso no responde a imperfecciones de carácter formales o técnicas, la violencia de género tiene muchas caras y muchas formas, convirtiéndose en un problema social y colectivo que hiere y humilla a todas las personas con conciencia de serlo.

Por esto, es inminente que el Estado asuma un compromiso político capaz de crear los canales necesarios para avanzar en la lucha contra la violencia de género con todas las herramientas del estado de derecho, considerándose políticas sociales previas, acciones educativas y las firmes inversiones para eliminar los efectos de semejantes conductas. Hay que seguir actuando y hay que hacerlo con prontitud, transformando lo futurible en futuro y el futuro en presente.

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